El autor parte señalando que la intención que le anima a realizar el
texto se centra en develar “cómo interviene el sentido histórico en la
constitución de agentes centrales para la constitución de identidades modernas,
como son las escuelas y los museos, y cual es el papel de los ritos y las
conmemoraciones en la renovación de la hegemonía política”. Para ello es
imprescindible la indagación sobre la función del patrimonio histórico dentro
de la estructura colectiva. Pues bien, El autor parte señalando que existen
ciertos bienes, reales o simbólicos que aparecen donde a nadie se le ocurre
preguntar por su proceso histórico, su memoria o su real sentido. Lo que
importa es que estos bienes se presentan como manifestación de aquella
“metafísica a-histórica, del ser nacional”(tomado del texto), esos mitos
constitutivos del Estado anclado en una razón de ser colectiva propuesta y
promocionada desde el poder.
Por ello el autor comienza a hablar del estado de teatralización de la cultura como una forma de resolver las relaciones entre la “difícil” modernidad de nuestras sociedades y la evidente presencia del pasado. El uso del pasado como reiterador la modernidad (de una modernidad y su status quo valdría la pena recalcar) hace que se considere el pasado como una suerte de espectáculo enajenante. Se exhibe la propia historia como si fuera algo ajeno, extraño, descontextualizado y sin influencia alguna sobre la sociedad actual. Pero no solo eso, García Canclini habla de que hay una teatralización del patrimonio, en el sentido de que se trata de un esfuerzo por simular que existe un origen, una sustancia fundante en relación con la que se debe actuar, “la esencia nacional”.
De ahí que “su principal actuación dramática sea la conmemoración
masiva; fiestas cívicas y religiosas, aniversarios patrióticos y en las
sociedades dictatoriales, sobre todo, restauraciones”
El pueblo se transforma en público, la aparición de los “extras” de un
sistema político gobernado per se por una minoría bajo el discurso de la
igualdad, la fraternidad, y la libertad. El presidente del Estado, el principal
“servidor público” se transforma en el héroe de un público-pueblo desvastado,
que encuentra en sus risas y sus sarcasmos, en su lucidez, su violencia o su
omnipotencia, las razones para anhelar el poder y rendirle tributo. Y en este
contexto no es casual que se utilicen todos los recursos para aumentar la
fuerza del discurso triunfalista de una nación que, por fin, llega a ser la
dueña de un destino perdido, con la conmemoración de un pasado legítimante y
políticamente correcto.
Aquí sin embargo cabe preguntar algo: ¿existe alguna diferencia
entre la reconstrucción nacionalista del pasado desde gobiernos de derecha o de
izquierda? No, ninguna. Las derechas y las izquierdas pensadas desde el
estado-nación no hacen más que servir a un mismo proyecto civilizador a través
de canales aparentemente distintos, y ello porque existe la necesidad de omitir
la memoria, de omitir la inestabilidad social de sociedades traspasadas por
flagelantes contradicciones, de negar otras formas de construir la sociedad.
En un segundo momento, García Canclini habla sobre el caso especial de los museos como las “sedes ceremoniales del patrimonio, el lugar donde se guarda y celebra, donde se reproduce el régimen semiótico de los grupos hegemónicos” a pesar de que “los museos como medios masivos de comunicación, pueden desempeñar un papel significativo en la democratización de la cultura y en el cambio del concepto de cultura”. No obstante, tal como se dan las cosas existen al menos dos procesos para registrar lo patrimonial; 1 La espiritualización de la estética del patrimonio y 2, la ritualización histórica y antropológica, en los que por un lado los objetos antiguos son separados de las relaciones sociales para las que fueron producidos y por otro, el esteticismo de los museos creo un tipo de ritual donde el museo (Estado) celebra la supremacía de la mirad culta mediante la monumentalización del patrimonio, la exaltación de lo arcaico, y en definitiva, la construcción del espectáculo y su efecto distanciador.
En un segundo momento, García Canclini habla sobre el caso especial de los museos como las “sedes ceremoniales del patrimonio, el lugar donde se guarda y celebra, donde se reproduce el régimen semiótico de los grupos hegemónicos” a pesar de que “los museos como medios masivos de comunicación, pueden desempeñar un papel significativo en la democratización de la cultura y en el cambio del concepto de cultura”. No obstante, tal como se dan las cosas existen al menos dos procesos para registrar lo patrimonial; 1 La espiritualización de la estética del patrimonio y 2, la ritualización histórica y antropológica, en los que por un lado los objetos antiguos son separados de las relaciones sociales para las que fueron producidos y por otro, el esteticismo de los museos creo un tipo de ritual donde el museo (Estado) celebra la supremacía de la mirad culta mediante la monumentalización del patrimonio, la exaltación de lo arcaico, y en definitiva, la construcción del espectáculo y su efecto distanciador.
El museo
legitima los modelos de la identidad al tiempo que disimula el proyecto de
dominación al que pertenece, al proyecto de cierta jerarquización de la memoria
y del “capital cultural”. El patrimonio cultural, -dice-, funciona como “un
recurso para reproducir las diferencias entre los grupos sociales y la
hegemonía de quienes logran un acceso preferente a la producción y distribución
de bienes” que en la acción de determinar cuales son los bienes que pueden ser
o merecen ser conservados, evidencian su poder económico e ideológico.
En un tercer momento la reflexión de García Canclini nos invita a
pensar las fugas o reconfiguraciones que el propio desarrollo de los medios de
comunicación proponen en la apropiación de la cultura y las crisis de sus
emblemas de registro, como el mito de lo original. Según el autor “el núcleo
del problema es que cambió la inserción de la cultura en las relaciones
sociales”. Ya no existe una apropiación de la tradición mediante los procesos
rituales, sino a través de mensajes inestables, en escenarios diversos, que
indica que el patrimonio o su noción se va renovando permanentemente.
Este
punto final, seria para el autor podría generar pistas para la política
cultural y de investigación que tendrían que hacer hincapié en los procesos
sociales de los que devienen objetos, antes que a los objetos en sí mismos, es
decir las construcción y reconstrucción de los significados, la consideración
de sus usos sociales. Solo en la medida, afirma García Canclini, en que el
estudio y la promoción del patrimonio asuman los conflictos que lo acompañan,
pueden ser beneficiosos para afianzar la nación, no como algo abstracto sino
como lo que une y cohesiona en un proyecto histórico solidario-, a los grupos
sociales preocupados por la forma en que habitan su espacio.
